JUAN de la CRUZ y la “ATENCIÓN AMOROSA”

13- JUAN de la CRUZ y la “ATENCIÓN AMOROSA”

Cada año, el 14 de diciembre, celebramos a San Juan de la Cruz, Carmelita del siglo XVI, compañero y reformador del Carmelo, junto a Santa Teresa de Jesús.

Juan de la Cruz, nos enseña el camino de la pasividad en la contemplación, de la atención amorosa y de las “nadas” para llegar a la unión con Dios mucho más deprisa. Es el maestro que centra su vida en el Absoluto de Dios.


Sus escritos evocan en nosotr@s profunda sed del Dios Vivo. Juan define la contemplación como:

“…una infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios, que inflama al alma en espíritu de amor” (1N 10, 6).

La contemplación es una inflamación de amor (1N 11, 1); la contemplación es la experiencia de experimentarse interiormente amado por Dios, y de amar desde lo más hondo de nuestra vida y psiquismo.

“La contemplación es ciencia de amor, es noticia infusa de Dios amorosa, que va ilustrando y enamorando el alma… porque solo el AMOR es el que une y junta al alma con Dios” (2N 18, 5).

Soy amado sin límite porque soy UNO con el Misterio de la Vida. Esta “infusión secreta, pacifica, amorosa y sanadora de Dios”, es comunicación directa con Dios en lo más hondo de nuestro ser; fuego que consume y transforma en suave amor. Podemos decir que la contemplación es una infusión del amor de Dios que nos despierta a amar al estilo de Dios, incondicionalmente.

Os invito a que leáis algún capítulo de su libro “Llama de Amor Viva”, para que el hondón de vuestro Ser se inflame de deseo de permanecer receptivo, con «…atención plena, amorosa, quieta, serena, pacífica al modo de Dios.» (Llama, 3.34)

Jesús se levantaba muy de madrugada para nutrirse de la Fuente que manaba en lo hondo de su persona, lo cual le permitía percibir durante la jornada manantiales de la misma fuente. Te pregunto:

  • ¿Cómo oras para que tu ser se transforme cuando entras en contacto con la Raíz que te origina?
  • ¿Por qué nuestra oración no despierta en nosotr@s el anhelo de nuestro Origen? ¿Qué le falta a nuestra oración?

 

Paloma Marchesi, CM